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lunes, 27 de marzo de 2017


¿Acaso tenemos la culpa de ser idiotas?, ¿De dejar que el amor se nos escape de entre los dedos?

Somos idiotas por no saber valorar el amor que tenemos de cuantos tenemos.

Somos idiotas por creer que el amor es desconfiar y esperar una muestra de algo que no entendemos pero que nos sabemos merecedores, ¿para que?, si terminamos mal, terminamos vaciados y exhaustos de "amar".

No encontramos amor, por que no entendemos que es.

El Comienzo.

Todo inició en primavera hace ya cuatro años, muchos años. 

quiero contarte como fue que me enamore, contarte como un puberto le escribe al papel como fue que mire aquel par de ojos cafés y caí perdidamente enamorado de aquel, contarte todo, contarte el primer beso, la primera cita la primera desilusión y la ultima traición.

Quiero volver el tiempo y revivir aquello que me hizo inmensamente feliz, contarte, los besos. las caricias, los saludos y las despedidas; mirar nuevamente tras la ventana del autobús su cara enfocada en su teléfono mientras ligero escribe un gracias por la tarde en un mensaje que segundos después llegara a mi móvil.

Quiero revivirlo del cementerio del olvido, entenderlo y decirle suave al oído una vez mas, cuanto lo amare.

Quiero un mundo donde lo que nos hicimos no nos hubiera destruido, un mundo donde no desahogue mis lamentos, mis lagrimas en un blog a kilometros de él, un mundo donde simplemente volvamos a ser, él y yo.

Quiero despertar por mis mañanas y verle la cara al lado de mi almohada, sonreirle y decirle que se le hizo tarde para ir al trabajo; contarle como van los exámenes en la universidad, uno donde todo eso no haya sucedido y tan solo esta entrada signifique la ilusión de un olvido muy olvidado.

Pero eso no pasará, él se marchó y desea jamás regresar ni volverme a topar.

sábado, 4 de marzo de 2017

SINFONÍA A UN MARICÓN

SINFONÍA A UN MARICÓN.
Se abre el telón. 
En el platon del escenario, de pie, firmemente erguido, un hombre moreno, cabello erizo, ojos oscuros y de grotescos acabados, da un paso al frente y toma la batuta; de dos golpecillos sobre el reposet de las partituras y cómo magia, se encienden variadas luces que iluminan el conjunto de seres que serán ésta noche, su orquesta.
Comienzan las cuerdas.
En el público, un hombre ciego se sienta a ser transportado a un mundo que el hombre feo comienza a construir, a la perfección para seres cómo él, la vibración de las pequeñas y delgadas cuerdas de los violines y las largas y gruesas de los chelos, combinando el agudo del cielo y los graves del infierno; transportandonos.
De pronto el moreno director grita ¡libre!
Y todos los instrumentos suenan a dispar, cuerdas contra vientos, madera contra metal, percusiones sin compás, caos.
El ciego se estremece en su asiento, se retuerce a veces de placer y otras más de agonía, es un deleite para sus nuevos ojos, poder sentir aquella lucha.
El director comienza a andar entre su orquesta, y va de acá a allá, moviendo habilidoso la batuta cuál hada madrina, pero en lugar de destellos mágicos incorruptibles, cada revés enciende más luces, luces que iluminan las caras de los integrantes de su orquesta, caras que al fulgor de la iluminación se descubren hermosas, irresistibles.
En las butacas cada lámpara es un gritito sordo que se escucha más allá de los límites del caos. El ciego incorpora su cordura al darse cuenta de la fracción de tiempo que todo calla, para abrir paso a los suspiros, suspiros de algo que no puede disfrutar y piensa con la cabeza baja, que cruel ha resultado el director.
Cuándo todo en la orquesta está iluminado el director recobra su lugar y con un súbito movimiento corta el caos dejando a los tambores empezar; aquello se escucha funebre e irreverente, aturde y lo peor, sincroniza los corazones del público, sin duda no he asistido a representación más visceral. Otro revés, callan lls tambores, gira sobre sus talones y se encamina a los vientos que firmes se encienden al compás de sus pisadas, en el frente de los clarinetes un hombre alto, belleza absoluta, de ojos claros, cómo el cielo, se sorprende; la batuta del director golpea ligeramente sus hombros y comienza un inesperado sólo, sublime, aterrador, el director clava firme y sin chistar la batuta en su pecho, rompe su corazón y del clarinete surge la nota más bella que jamás escucharé, una nota muerta.
La orquesta sigue en pie, nadie grita, nadie se inmuta, nadie llora.
En el público, algunos dan un salto y se ponen de pie al ver caer al hombre del clarinete, nadie se mueve, los otros atónitos y yo, disfrutando cada vez más aquel gozo subliminal se una sociedad apática.
Todo para nuevamente, excepto el bum bum de los tambores, que sigilosos nos sincronizan una vez más, ahora el director de nuevo al centro de su equipo, inicia una marcha hacía las cuerdas, frente a un chelo, un hombre grande, fuerte, barba a ras de piel, pero tupida, se miran sus poderosas manos comienzan de igual forma un sólo de chelo, los golpecillos en el hombro y ahi yo me pongo ansioso casi al borde de la locura por esperar de las cuerdad lo mejor de un instrumento, pero esta vez no hay tal; en lugar de ello, el director besa la cara varonil de aquel hombre, gira en sí sobre los tacones de sus zapatos y retorna al centro, me doy cuenta que el silencio aturde, la multitud en las butacas, no da crédito de aquel acto.
Comienzan las arpas.
Es un sonido triste, sólido, hiriente. 
El ciego se echa a llorar, no lo culpo, aquello duele en el corazón.
El director mira directo al público, mientras la orquesta sigue como poseída aquellas notas tristes, baja el escenario y sujeta al ciego, lo ayuda a subir, en el centro y cara a cara. Le declara, tan fuerte y firme que todos escuchamos, ¡No es locura lo que escuchan tus ojos, es el mundo que no ves lo que escuchas ahora, maldad y alegría, corazones rotos que alumbran la oscuridad, caras bonitas que sacean la humanidad y al final uno lo encuentra todo en la ceguera... Sujeta firme su cara y coloca sobre él, sus ojos... Me hiere, me alzó y me dirijo a ellos, retomo la batuta y hago que el caos regrese, disfruto ver como su cara se transforma en sencilla agonía, sí soy culpable disfruto cada partitura de su descompuesta sinfonía; y de pronto lo que era bello muere, y el feo director, se disculpa y segundos después cae en la locura... 
Ovación de pié.
Se cierra el telón.

Obituario de un cálido invierno.

Andando por la calle de las primaveras se ve su dorado vestido que tiñe el asfalto de oro.
Entre los pinos a sus costados, con sus verdes agujas, florecillas amarillas acarician las ultimas horas de los gélidos vientos de invierno.

Vivaz el colorín que con lo que queda de su traje verde, viste con porte digno de la corte, sus rojas flores que surcan el techo de las avenidas.

Allá en otra esquina los fresnos, que visten su verde más vivo, ya es no advertencia; el frío se ha ido.

Antes que el cielo lo decidiera, la tierra lo despide, con su mejor gala y sobre la cálida pasarela de los vientos del ecuador despide los helados días.

Días largos, de abrigos y bufandas, de amores de café y chocolate calientes, de los abrigos y las bufandas.

Se va valiente el invierno, llega la primavera la gala en los arboles, en las calles, en las banquetas; en los corazones. 

Allá en el cielo ya se ve clarito el amarillo de las reinas que vienen para embellecer los bosques de oyamel; está aquí la primavera tan de cerca que los glaciares de mí corazón lagrimean, dejando entre ver la belleza que ocultaron durante el invierno.

Bienvenida seas.