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jueves, 6 de abril de 2017

Espejo.

Quisiera quedarme esta noche mirando al vacío; mirando el infinito espesor de tristeza y melancolía que queda en tus cuencas vacías, detrás de esta oscuridad nata que entorpece tus pasos, que iracunda, golpea tus pensamientos y te arroja al vacío de la noche, la noche tierna y ligera de color transparente, tan fresca y cálida que acobija tus odios, tus fracasos y tus tonterías.
Hoy quisiera quedarme mirando el vacío, mirarlo suave y lejano, impetuoso frente a mí nobleza, desgarrador, hipnotizante, mirarlo atrevido y profundo, cual yaga hilarante, no de sonidos si no de dolor, de desgracia, de calor aplastante, absurdo merodeador infinito de tus lágrimas y tus pensamientos de odio y esquizofrenia.
Mirarlo, mirarlo, sobrio y tranquilo. Mirarlo, hasta la eternidad que murió ayer y renace hoy y así, sin preocuparme, lanzarme en él, dejar que me envuelva entre quejidos agonizantes de dolor y sedientos de sangre, de venganza; encontrarme en aquel paisaje de sueños corrompidos, entre el cementerio de promesas olvidadas y la tienda de rencor barato, frente a la iglesia que te habla con esa lengua de varano, envenenado tu esperanza y tú fe, sintiendo en cada ápice de tú cuerpo el dolor de una oscuridad profunda e infinita, tan infinita como maldita, pero ahí, ahí en aquel vacío, aquel vacío de oscuridad infinita y calor maldito ahí toparme con tú luz, entre sueños descarnados y alegrías trastornadas, en un páramo digno del peor infierno de Dante, ahí al final de toda oscuridad...
Esta noche quisiera quedarme mirando el vacío de tus cuencas vacías, cuando despierto del estupor que me causaba mirar tus ojos, no, tus cuencas; y comprendo todo, tan sólo miraba, mí rostro detrás del espejo.

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